Ubicado en el corazón del macizo de Collserola, a escasa distancia del núcleo urbano de Barcelona, el antiguo Casino de l’Arrabassada constituye un caso paradigmático de patrimonio arquitectónico modernista sometido a un prolongado proceso de abandono institucional.
Este enclave, que en su momento representó la síntesis entre ocio burgués, innovación arquitectónica y aspiraciones urbanísticas de principios del siglo XX, permanece hoy como un testimonio ruinoso, silencioso y sin narración oficial que articule su relevancia histórica y cultural en el marco de la memoria urbana catalana.
La mirada de David Sitjes, creador del polémico perfil de Instagram, el Barbut Català, y figura de referencia en el ámbito de la exploración urbana en Catalunya, ofrece una aproximación metodológica y crítica a este tipo de espacios. A sus 36 años, afirma que “este trabajo” no responde a un interés estético por la decadencia, sino a una voluntad explícita de denuncia frente a la negligencia institucional y al silenciamiento simbólico del patrimonio periférico.
En su discurso, estos lugares son comprendidos no como meras ruinas, sino como palimpsestos urbanos que condensan capas superpuestas de olvido, memoria y sobre todo, conflicto político.
El Casino de l’Arrabassada: génesis, auge y declive
La historia del Casino de l’Arrabassada se inicia en 1899, concebido originalmente como un gran hotel-restaurante con vistas privilegiadas sobre la ciudad de Barcelona. Con su ampliación en 1911, se integró un complejo de casino y parque de atracciones, convirtiéndose en uno de los espacios de ocio más avanzados de Europa. Dotado de infraestructuras de alta gama, jardines ornamentales, un tranvía exclusivo y tecnologías recreativas pioneras, representaba el imaginario de la modernidad catalana, vinculando lujo, innovación técnica y proyección internacional.
No obstante, la prohibición del juego en 1912 supuso un punto de inflexión irreversible. Pese a los esfuerzos por mantener las instalaciones mediante otros usos —incluidos eventos culturales y actividades recreativas—, el conjunto cerró definitivamente en 1930. Desde entonces, su deterioro ha sido progresivo y, en gran medida, invisibilizado por los discursos oficiales de conservación patrimonial, que han privilegiado otros ejes narrativos centrados en monumentos más consagrados y fácilmente mercantilizables.
Una exploración como ejercicio de arqueología crítica
Según relata el propio Sitjes, la visita al recinto de la Arrabassada no fue un ejercicio meramente exploratorio, sino un acto deliberado de activación crítica de la memoria espacial. “Este lugar no es una ruina cualquiera; es el reflejo de cómo se construye el olvido en este país”, afirma con rotundidad.
Durante su intervención, documentó los vestigios aún reconocibles: los pasajes de la antigua montaña rusa, la explanada del casino, los elementos ornamentales de los jardines, y las bases de las columnas que sostenían la antigua terraza-mirador. Su observación no se limita a la materialidad residual del lugar, sino que enfatiza la ausencia total de señalética, contextualización histórica o mecanismos de mediación cultural. Esta invisibilización patrimonial refuerza, en sus palabras, “una política del silencio que es funcional al olvido institucional”.